TRANSICIÓN.
EL SASTRECILLO VALIENTE
Había una vez un sastrecillo que cosía alegremente un jubón en su taller. Pasó por allí una aldeana vendiendo mermelada y el sastre, que era muy goloso, la llamó para comprarle una poca.
Después se preparó una rebanada de pan con la rica mermelada y siguió cosiendo. Mientras tanto las moscas empezaron a llenar el pan y cuando el sastrecillo las vio, dio sobre la mesa un fuerte golpe para ahuyentarlas. Al levantar la mano se sorprendió de su propia fuerza:
- ¡Pero si he matado siete de un golpe! ¡Esto sí es ser valiente! ¡Voy a contárselo a todo el mundo!
Así que el pequeño sastre se cosió un cinturón en el que bordó la frase “Siete de un golpe” y salió lleno de orgullo a recorrer el mundo.
- Sí señor, a siete.
- ¡Si es así demuéstralo! Ven a mi cueva a pasar la noche si te atreves.
- ¡Iré encantado!
La cueva era muy grande y aunque el gigante ofreció una cama al sastrecillo, él prefirió pasar la noche acurrucado en una esquina.
A media noche, el malvado gigante, que creía que el sastrecillo dormía plácidamente en la cama, cogió una barra de hierro y dió un golpe sobre ella.
HANSEL Y GRETEL
Había una vez un leñador y su esposa que vivían en el bosque en una humilde cabaña con sus dos hijos, Hänsel y Gretel. Trabajaban mucho para darles de comer pero nunca ganaban lo suficiente. Un día viendo que ya no eran capaces de alimentarlos y que los niños pasaban mucha hambre, el matrimonio se sentó a la mesa y amargamente tuvo que tomar una decisión.
- No podemos hacer otra cosa. Los dejaremos en el bosque con la esperanza de que alguien de buen corazón y mejor situación que nosotros pueda hacerse cargo de ellos, dijo la madre.
Los niños, que no podían dormir de hambre que tenían, oyeron toda la conversación y comenzaron a llorar en cuanto supieron el final que les esperaba. Hänsel, el niño, dijo a su hermana:
- No te preocupes. Encontraré la forma de regresar a casa. Confía en mí.
- No llores Hänsel. He ido dejando trocitos de pan a lo largo de todo el camino. Sólo tenemos que esperar a que la Luna salga y podremos ver el camino que nos llevará a casa.
Pero la Luna salió y no había rastro de los trozos de pan: se los habían comido las palomas.
Así que los niños anduvieron perdidos por el bosque hasta que estuvieron exhaustos y no pudieron dar un paso más del hambre que tenían. Justo entonces, se encontraron con una casa de ensueño hecha de pan y cubierta de bizcocho y cuyas ventanas eran de azúcar. Tenían tanta hambre, que enseguida se lanzaron a comer sobre ella. De repente se abrió la puerta de la casa y salió de ella una vieja que parecía amable.
- Hola niños, ¿qué hacéis aquí? ¿Acaso tenéis hambre?
Los pobres niños asintieron con la cabeza.
- Anda, entrad dentro y os prepararé algo muy rico.
Por la mañana temprano, cogió a Hänsel y lo encerró en el establo mientras el pobre no dejaba de gritar.
- ¡Aquí te quedarás hasta que engordes!, le dijo
Con muy malos modos despertó a su hermana y le dijo que fuese a por agua para preparar algo de comer, pues su hermano debía engordar cuanto antes para poder comérselo. La pequeña Gretel se dio cuenta entonces de que no era una vieja, sino una malvada bruja.
Pasaban los días y la bruja se impacientaba porque no veía engordar a Hänsel, ya que este cuando le decía que le mostrara un dedo para ver si había engordado, siempre la engañaba con un huesecillo aprovechándose de su ceguera.
De modo un día la bruja se cansó y decidió no esperar más.
- ¡Gretel, prepara el horno que vas a amasar pan! ordenó a la niña.
La niña se imaginó algo terrible, y supo que en cuanto se despistara la bruja la arrojaría dentro del horno.
- No sé cómo se hace - dijo la niña
- ¡Niña tonta! ¡Quita del medio!
Los dos pequeños se abrazaron y lloraron de alegría al ver que habían salido vivos de aquella horrible situación. Estaban a punto de marcharse cuando se les ocurrió echar un vistazo por la casa de la bruja y, ¡qué sorpresa! Encontraron cajas llenas de perlas y piedras preciosas, así que se llenaron los bolsillos y se dispusieron a volver a casa.
Pero cuando llegaron al río y vieron que no había ni una tabla ni una barquita para cruzarlos creyeron que no lo lograrían. Menos mal que por allí pasó un gentil pato y les ayudó amablemente a cruzar el río.
Al otro lado de la orilla, continuaron corriendo hasta que vieron a lo lejos la casa de sus padres, quienes se alegraron muchísimo cuando los vieron aparecer, y más aún, cuando vieron lo que traían escondido en sus bolsillos. En ese instante supieron que vivirían el resto de sus días felices los cuatro y sin pasar penuria alguna.
TOD Y TOBY
Un día una madre zorra que abandona a su hijo en una pequña granja de la Sra. Tweed,cuando la señora Tweed lo encontró y le llamó Tod. Pero Amos Slade trajo a su casa un perrito llamado Toby que al conocer a Tod se hicieron muy amigos pero cuando Jefe el otro perro de Amos Slade le vió casi mata a Tod y Amos Slide casi le pegó un tiro.Cuando paso el invierno Tod y Toby crecieron y Toby le dijo a Tod que ya no podían ser amigos porque Toby era un perro de caza,cuando Jefe se despertó y vió a Tod salió corriendo detrás de él,llegaron hasta las vías de un tren y estaba en un barranco y al venir un tren Tod se agachó y Jefe se cayó y se rompió una pata trasera y Toby se enfadó con Tod y le prometió que le atraparía,la Sra. Tweed al enterarse abandonó a Tod en el bosque porque en su casa ya no estaba asalvo,pero allí conoció a
Fixy, pero cuando Toby y Amos los encontararon salieron detrás de ellos pero salió un oso de unos dos metros,Toby le mordió y este le dió un zarpazo y lo tiró al suelo,luego Tod le pegó otro mordisco en el pescuezo los dos cayeron a un barranco y abajo había un lago el oso cayó en una parte muy onda y se aogó y Tod cayó en otra parte no tan onda y sobrevivió,cuando Toby bajó hicieron las paces y Amos quería pegarle un tiro pero Toby se puso enmedio y se salvó.Tod se quedó en el bosque con Fixy y Toby en casa de Amos Slide con él y con Jefe.
LOS CARNEROS Y EL GALLO
Una mañana de primavera todos los miembros de un rebaño se despertaron sobresaltados a causa de unos sonidos fuertes y secos que provenían del exterior del establo. Salieron en tropel a ver qué sucedía y se toparon con una pelea en la que dos carneros situados frente a frente estaban haciendo chocar sus duras cornamentas.
Un gracioso corderito muy fanático de los chismes fue el primero en enterarse de los motivos y corrió a informar al grupo. Según sus fuentes, que eran totalmente fiables, se estaban disputando el amor de una oveja muy linda que les había robado el corazón.
– Por lo visto está coladita por los dos, y como no sabía a cuál elegir, anoche declaró que se casaría con el más forzudo. El resto de la historia os la podéis imaginar: los carneros se enteraron, quedaron para retarse antes del amanecer y… bueno, ahí tenéis a los amigos, ahora rivales, enzarzados en un combate.
El jefe del rebaño, un carnero maduro e inteligente al que nadie se atrevía a cuestionar, exclamó:
– ¡Serenaos! No es más que una de las muchas peloteras románticas que se forman todos los años en esta granja. Sí, se pelean por una chica, pero ya sabemos que no se hacen daño y que gane quien gane seguirán siendo colegas. ¡Nos quedaremos a ver el desenlace!
Los presentes respiraron tranquilos al saber que solo se trataba de un par de jóvenes enamorados compitiendo por una blanquísima ovejita; una ovejita que, por cierto, lo estaba presenciando todo con el corazón encogido y conteniendo la respiración. ¿Quién se alzaría con la victoria? ¿Quién se convertiría en su futuro marido?… ¡La suerte estaba echada!
Esta era la situación cuando un gallo de colores al que nadie había visto antes se coló entre los asistentes y se sentó en primera fila como si fuera un invitado de honor. Jamás había sido testigo de una riña entre carneros, pero como se creía el tipo más inteligente del mundo y adoraba ser el centro de atención, se puso a opinar a voz en grito demostrando muy mala educación.
– ¡Ay madre, vaya birria de batalla!… ¡Estos carneros son más torpes que una manada de elefantes dentro de una cacharrería!
Inmediatamente se oyeron murmullos de desagrado entre el público, pero él se hizo el sordo y continuó soltando comentarios fastidiosos e inoportunos.
– ¡Dicen por aquí que se trata de un duelo entre caballeros, pero la verdad es que yo solo veo dos payasos haciendo bobadas!… ¡Eh, espabilad chavales, que ya sois mayorcitos para hacer el ridículo!
Los murmullos subieron de volumen y algunos le miraron de reojo para ver si se daba por aludido y cerraba el pico; de nuevo, hizo caso omiso y siguió con su crítica feroz.
– Aunque el carnero de la derecha es un poco más ágil, el de la izquierda tiene los cuernos más grandes… ¡Creo que la oveja debería casarse con ese para que sus hijos nazcan fuertes y robustos!
Los espectadores le miraron alucinados. ¿Cómo se podía ser tan desconsiderado?
– Aunque para ser honesto, no entiendo ese empeño en casarse con la misma. ¡A mí me parece que la oveja en cuestión no es para tanto!
Los carneros, ovejas y corderos enmudecieron y se hizo un silencio sobrecogedor. Sus caras de indignación hablaban por sí solas. El jefe de clan pensó que, definitivamente, se había pasado de la raya. En nombre de la comunidad, tomó la palabra.
– ¡Un poco de respeto, por favor!… ¡¿Acaso no sabes comportarte?!
– ¿Yo? ¿Qué si sé comportarme yo?… ¡Solo estoy diciendo la verdad! Esa oveja es idéntica a las demás, ni más fea, ni más guapa, ni más blanca… ¡No sé por qué pierden el tiempo luchando por ella habiendo tantas para escoger!
– ¡Cállate mentecato, ya está bien de decir tonterías!
El gallo puso cara de sorpresa y respondió con chulería:
– ¡¿Qué me calle?!… ¡Porque tú lo digas!
El jefe intentó no perder los nervios. Por nada del mundo quería que se calentaran los ánimos y se montara una bronca descomunal.
– A ver, vamos a calmarnos un poco los dos. Tú vienes de lejos, ¿verdad?
– Sí, soy forastero, estoy de viaje. Venía por el camino de tierra que rodea el trigal y al pasar por delante de la valla escuché jaleo y me metí a curiosear.
– Entiendo entonces que como vives en otras tierras es la primera vez que estás en compañía de individuos de nuestra especie… ¿Me equivoco?
El gallo, desconcertado, respondió:
– No, no te equivocas, pero… ¿eso qué tiene que ver?
– Te lo explicaré con claridad: tú no tienes ningún derecho a entrometerte en nuestra comunidad y burlarte de nuestro comportamiento por la sencilla razón de que no nos conoces.
– ¡Pero es que a mí me gusta decir lo que pienso!
– Vale, eso está muy bien y por supuesto es respetable, pero antes de dar tu opinión deberías saber cómo somos y cuál es nuestra forma de relacionarnos.
– ¿Ah, sí? ¿Y cuál es, si se puede saber?
– Bueno, pues un ejemplo es lo que acabas de presenciar. En nuestra especie, al igual que en muchas otras, las peleas entre machos de un mismo rebaño son habituales en época de celo porque es cuando toca elegir pareja. Somos animales pacíficos y de muy buen carácter, pero ese ritual forma parte de nuestra forma de ser, de nuestra naturaleza.
– Pero…
– ¡No hay pero que valga! Debes comprender que para nosotros estas conductas son completamente normales. ¡No podemos luchar contra miles de años de evolución y eso hay que respetarlo!
El gallo empezó a sentir el calor que la vergüenza producía en su rostro. Para que nadie se diera cuenta del sonrojo, bajó la cabeza y clavó la mirada en el suelo.
– Tú sabrás mucho sobre gallos, gallinas, polluelos, nidos y huevos, pero del resto no tienes ni idea ¡Vete con los tuyos y deja que resolvamos las cosas a nuestra manera!
El gallo tuvo que admitir que se había pasado de listillo y sobre todo, de grosero, así que si no quería salir mal parado debía largarse cuanto antes. Echó un último vistazo a los carneros, que ahí seguían a lo suyo, peleándose por el amor de la misma hembra, y sin ni siquiera decir adiós se fue para nunca más volver.
Moraleja: Todos tenemos derecho a expresar nuestros pensamientos con libertad, claro que sí, pero a la hora de dar nuestra opinión es importante hacerlo con sensatez. Uno no debe juzgar cosas que no conoce y mucho menos si es para ofender o despreciar a los demás.
LOS TRES COSMONAUTAS
Había una vez una Tierra. Y al mismo tiempo, un planeta llamado Marte. Estaban muy lejos el uno del otro, en medio del cielo, y a su alrededor había millones de planetas y galaxias.
La gente de la Tierra quería ir a Marte y a los otros planetas: ¡pero estaban tan lejos!
Sin embargo, no cesaron en su empeño. Primero lanzaron satélites que dieron la vuelta a la Tierra durante dos años y luego volvieron. Luego lanzaron cohetes que dieron la vuelta a la Tierra unas cuantas veces, pero en lugar de regresar, terminaron escapando de la atracción de la gravedad y se dirigieron al espacio. Después de varios años merodeando por el espacio, volvían a la Tierra… Pero había un problema.
Al mando de estos cohetes iban perros
Pero los perros no podían hablar, y en la radio de la estación espacial solo se podía oír «guau guau» así que nadie entendía lo que habían visto y lo lejos que habían llegado.
Por fin encontraron hombres valientes que querían ser cosmonautas. Los cosmonautas tenían este nombre porque iban a explorar el cosmos, que es el espacio infinito con los planetas, las galaxias y todo lo que les rodea.
Los cosmonautas se fueron y no sabían si volverían o no. Querían conquistar las estrellas para que un día todos pudieran viajar de un planeta a otro, porque la Tierra se había vuelto demasiado estrecha y la población mundial crecían cada día.
En una hermosa mañana, tres cohetes de tres puntos diferentes dejaron la Tierra.
El primero fue un americano, que silbó alegremente una pegadiza canción country mientras se alejaba.
En el segundo había un ruso que cantaba con voz grave una comparsa tradicional.
En el tercero, un chino, que cantó una hermosa canción ancestral.
Cada uno quería ser el primero en llegar a Marte, para demostrar que era el más valiente.
Como los tres eran valientes, llegaron a Marte casi al mismo tiempo. Bajaron de sus naves con casco y traje espacial… Y descubrieron un paisaje maravilloso y perturbador: el terreno estaba surcado por largos canales llenos de agua verde esmeralda. Había extraños árboles azules con pájaros nunca antes vistos, con plumas de colores muy extraños. Allí en el horizonte había montañas rojas que emitían extraños destellos.
Los cosmonautas miraban el paisaje, se miraban unos a otros, y se mantenían separados, cada uno desconfiando de los demás. Entonces llegó la noche.
Había un extraño silencio alrededor, y la tierra brillaba en el cielo como si fuera una estrella lejana. Los cosmonautas se sintieron tristes y perdidos en la oscuridad.
Pero inmediatamente entendieron que estaban sintiendo lo mismo. Sonreían por primera vez desde que habían pisado el extraño planeta.
Al rato encendían juntos un hermoso fuego y cada uno cantaba canciones de su país.
Finalmente, llegó la mañana
Y hacía mucho frío…
De repente, un marciano salió de entre un grupo de árboles. ¡Su aspecto era terrible! Era de un color verde viscoso, hacía daño a los ojos de lo que brillaba, tenía dos antenas en el lugar de las orejas, un tronco y seis brazos. Los miró y dijo: ¡Grrr!
En su lengua quería decir:
«Hola seres extraños ¿os habéis perdido?»
Pero los terrícolas no le entendieron y pensaron que era un rugido de guerra. Era tan diferente de ellos que no podían entenderlo. Los tres sintieron inmediatamente miedo por si les atacaba…
Ante ese monstruo, sus pequeñas diferencias desaparecieron. ¿Qué importaba si hablaban otro idioma? Comprendieron que eran los tres seres humanos. El otro no. Era demasiado diferente, y los terrícolas pensaban que aquello que no entienden era malo. Por eso decidieron reducirlo a polvo atómico con sus rayos espaciales…
Cuando los tres cosmonautas se habían armado de valor y estaban apuntando al monstruoso alien… Algo extraño sucedió.
De entra las sombras, apareció un hermoso pájaro de muchos y brillantes colores, volaba con dificultad porque parecía tener algo viscoso enredado entre sus alas. Se movía haciendo gestos de dolor y su cara reflejaba el agotamiento de tratar de luchar contra aquella situación. Cuando revoloteaba sobre las cabezas de los cosmonautas, el pájaro cayó agotado contra el suelo, haciendo un estrepitoso ruido. Justo quedo entre medias del marciano y los cosmonautas.
Rápidamente, el alienígena se movió con pasos torpes hacia el animal, los tres cosmonautas, asustados, agarraron fuerte sus rayos láser, pensando que el alien iba a devorar aquel pobre pajarillo.
Para cuando se dieron cuenta, el alienígena estaba emitiendo unos extraños ruidos gruturales, que con tan solo observar detenidamente, los tres cosmonautas entendieron que se trataba de un llanto.
Y los terrícolas de repente se dieron cuenta de que el marciano lloraba a su manera, igual que los humanos.
Luego lo vieron inclinarse hacia el pájaro y sostenerlo en sus seis brazos, tratando de calentarlo.
Y así los cosmonautas entendieron una valiosa lección:
«Pensamos que este monstruo era diferente de nosotros, y después de todo también ama, sufre o ríe»
Por eso se acercaron al marciano y le extendieron las manos. Y él, que tenía seis, les dio la mano a los tres a la vez, mientras que con sus manos libres hizo gestos de saludo.
EL NIÑO DEL NO Y EL AGUA
Érase una vez un muchacho muy, muy desobediente al que su familia llamaba "el niño del No", porque cada vez que le ordenaban hacer algo, él hacía lo contrario. Si le decían que se levantara, él se quedaba en la cama. Si le decían que se vistiera, él se quedaba en pijama. Así una cosa tras otra y por eso su familia acabó olvidando su verdadero nombre y siempre se referían a él como "el niño del No". Se pasaba las horas viendo la televisión o delante de su ordenador y no respetaba ni a nadie ni a nada. Por ejemplo: si iba al baño, dejaba la luz encendida, y cuando le decían que la apagara él respondía: "ahora, ahora", pero no se movía del asiento. Si abría la nevera, la dejaba abierta y, cuando le decían que la cerrara, él respondía: "ahora, ahora", pero no se movía del asiento. Siempre hacía lo contrario. Un día de esos en los que tienes la sensación de que va a ocurrir algo mágico "el niño del No" abrió el grifo del lavabo para lavarse la manos, pues las tenía pringadas de chocolate y se fue al salón a ver la tele, dejando el grifo abierto. Su madre, al oír caer el agua desde la cocina, le dijo: "¡Cierra el grifo!", y "el niño del No" respondió "ahora, ahora" y siguió viendo la tele. Su padre, al oír caer el agua desde su despacho, le dijo: "¡Cierra el grifo!", y "el niño del No" respondió: "ahora, ahora" y siguió viendo la tele. Su abuelo, al oír caer el agua desde su cuarto, le dijo: "¡Cierra el grifo!", y"el niño del No" respondió: "ahora, ahora" y siguió viendo la tele. Al cabo de un buen rato, "el niño del No" sintió sed y gritó desde el sillón: "mamá, tráeme un vaso de agua", pero nadie respondió. Entonces gritó: "papá, tráeme un vaso de agua", pero nadie respondió. Entonces gritó: "abuelo, tráeme un vaso de agua", pero nadie respondió. Refunfuñando, se levantó para beber un vaso de agua pero, cual fue su sorpresa cuando, al abrir el grifo, no cayó ni una gota. "¿Dónde está el agua?", se preguntó, y empezó a buscarla por todas partes. La buscó en los cajones y en los armarios, en las habitaciones y debajo de las camas, buscó en el trastero y hasta miró por la ventana por si el agua se había ido de paseo. Entonces pensó:"grifo tonto, seguro que se ha atascado", y metió uno de sus dedos en el grifo para comprobarlo. Y en aquel momento, desde el dedo que tenía dentro del grifo hasta los dedos de los pies, "el niño del No" se convirtió en una gota de agua y se coló por el desagüe. Mientras se deslizaba por las tuberías como si bajara por un enorme tobogán "el niño del No" gritaba "¡que no sé nadar!” Y estuvo cayendo y cayendo hasta llegar a un río subterráneo. Allí se encontró con otras gotas que le miraban raro. Él decía: "¿qué miráis?", y las gotas respondían "glub, glub". Sin saber hasta dónde iba, recorrió junto a las otras gotas el camino del río subterráneo hasta llegar a una laguna, donde millones de gotas esperaban. "¿Qué hacéis aquí?" - preguntó "el niño del no". Y las gotas respondían:"Glub, glub".
Una gota que hablaba el lenguaje de los niños, se acercó y le dijo: - "Vamos a crear electricidad". - "¿Para qué?", preguntó el niño. - "Para muchas cosas", respondió la gota. "Para que tengas luz en tu casa, para que los electrodomésticos, como el frigorífico o la lavadora, funcionen... ¿Quieres ayudarnos? Ninguna gota sobra". Y "el niño del no", para no variar, contestó: "No. Prefiero irme a mi casa a jugar con el ordenador". "Pues para eso hace falta electricidad", le explicó la gota. De repente, una gota que parecía mandar más que las otras gotas, dio la orden y todas las gotas se prepararon para crear energía. Como si fueran una sola, se abalanzaron contra una pared, formando montañas de espuma, mientras el niño del no las observaba desde atrás. Miraba cómo trabajaban juntas, cómo sudaban la gota gorda para que él pudiera tener electricidad en su casa y recordó lo que le había dicho la gota que hablaba el idioma de los niños: "ninguna gota sobra". Y sintió por dentro algo que sólo se puede sentir en uno de esos días en que algo mágico puede ocurrir: sintió la necesidad de ayudar. Y se unió al resto de las gotas para crear energía. Cuando hubo terminado, se coló por una cañería y regresó nuevamente al grifo de su casa y se transformó en niño nuevamente. Dio muchos besos y abrazos a sus padres y abuelo y, aunque ellos no creyeron su historia, comprobaron que algo había cambiado, porque si le pedían que pagara la luz, en lugar de decir "ahora, ahora...", decía"ahorra, ahorra..." y la apagaba corriendo, pues había comprendido la importancia de ahorrar energía y el enorme esfuerzo que suponía crearla. Y con el tiempo dejaron de llamarle "el niño del no" y recuperó su nombre.
DEL LIBRO DE LA SELVA
Este es el cuento de un niño a quien Bagheera, la pantera negra, se encontró en la selva. Bagheera llevó al niño con unos lobos amigos quienes lo criaron como su propio hijo y lo llamaron Mowgli.
Mowgli aprendió a vivir en la selva, pero siempre cuidado de cerca por su protector y amigo Bagheera. Los elefantes también se hicieron amigos, aun el coronel Hathi, un elefante gruñón que era el jefe y que todas las mañanas, dictando órdenes, los hacía marchar.
No todos en la selva eran amistosos. Kaa, la boa hambrienta, ¡Quería comerse a Mowgli! Los de ojos Kaa hipnotizaban a cualquiera, y hacían pedazos al que apretaba entre sus anillos. Pero Mowgli tenía un enemigo más peligroso, Shere Khan, el tigre, quien estaba empeñado en matarlo antes de que Mowgli llegara a ser hombre.
El capitán de la manada de lobos decidió que sólo había una forma de salvar al chico. – “Este niño debe ser llevado a la aldea del hombre”- dijo. Y Bagheera estuvo de acuerdo en llevarlo hasta la aldea.
Mowgli pensó que Bagheera sólo lo llevaba a dar un paseo pero cuando le dijo a dónde lo llevaba, Mowgli gritó enojada –“¡No iré! ¡Quiero quedarme en la selva!”-.
El chico huyó y se internó solo en el bosque en donde, al poco se hizo amigo de un oso alegre y vagabundo llamado Baloo. Baloo invitó al niño a nadar en el río y mientras el oso flotaba sobre su ancha espalda, Mowgli iba montado cómodamente sobre la panza de su amigo.
De pronto, Mowgli sintió que alguien lo elevaba por los aires. Era una pandilla de pícaros monos quienes lo hhabían atrapado y lo llevaban volando por las copas de los árboles. Lo llevaron hasta las ruinas de un viejo templo en donde el Rey de los monos estaba comiendo plátanos mientras esperaba que le llevaran al niño.
“¡Dime cómo los hombres hacen el fuego!” – le dijo el Rey Louie. – “Pero yo no sé cómo”- contestó Mowgli. Y era verdad. Aunque su vida dependiera de ello el chico no podía decirle cómo se hacía el fuego porque ¡no sabía!
Por fortuna Baloo y Bagheera llegaron cuando el Rey, muy enojado con Mowglie, estaba a punto de estallar, y rápidamente planearon la forma de salvar al niño.
Baloo se disfrazó de mona, pero el Rey Louie pronto descubrió el engaño. En las carreras para escapar se derrumbó el templo, pero los tres amigos escaparon ilesos.
Después de la aventura con los monos, Bagheera y Baloo explicaron a Mowgli que corría aún mayores peligros en el bosque y que debía regresar con su gente a la aldea.
- “¡Yo no saldré de la selva!” – protestó el niño. Y corrió y se internó de nuevo en el bosque. Nuevamente Baloo y Bagheera buscaron a Mowgli por todos lados, pero el que lo encontró fue su peor enemigo ¡el tigre Shere Khan! Y cuando vio que Mowgli no le temía se puso furioso, mostró sus colmillos y ¡saltó sobre el chico!.
En esto se desató una tormenta. Un rayo cayó prendiendo fuego a un árbol. Mowgli sabía que el fuego era lo que más temía el tigre y vio la forma de salvar a Baloo. Tomó una rama ardiendo y corrió hacia la fiera. El tigre se espantó tanto que se olvidó de atacar a Baloo y huyó corriendo. – “¡A ese nunca lo volveremos a ver!”- dijo riendo Bagheera.
Mowgli, Bagheera y Baloo prometieron que de ahora en adelante nada los separaría. Pero en ese momento, Mowgli vio algo que jamás había visto: era una linda chica que venía por agua a un río cerca de la aldea.
Lo que sucedió después entristeció a Baloo y a Bagheera pero sólo por un momento porque comprendieron que aquello era lo mejor que podría sucederle a Mowgli. Lo vieron sonreír a la chica mientras le ayudaba a llevar el cántaro de agua caminando los dos muy felices rumbo a la aldea. Sus amigos sabían que el niño allí estaría a salvo y que ellos habían cumplido trayéndole a su nuevo hogar.
LA RATITA PRESUMIDA
Érase una vez una linda ratita llamada Florinda que vivía en la ciudad. Como era muy hacendosa y trabajadora, su casa siempre estaba limpia y ordenada. Cada mañana la decoraba con flores frescas que desprendían un delicioso perfume y siempre reservaba una margarita para su pelo, pues era una ratita muy coqueta.
Un día estaba barriendo la entrada y se encontró una reluciente moneda de oro.
– ¡Oh, qué suerte la mía! – exclamó la ratita.
Como era muy presumida y le gustaba ir siempre a la moda, se puso a pensar en qué bonito complemento podría invertir ese dinero.
– Uhmmm… ¡Ya sé qué haré! Iré a la tienda de la esquina y compraré un precioso lazo para mi larga colita.
Metió la moneda de oro en su bolso de tela, se puso los zapatos de tacón y se fue derechita a la mercería. Eligió una cinta roja de seda que realzaba su bonita figura y su estilizada cola.
– ¡Estoy guapísima! – dijo mirándose al espejo – Me sienta realmente bien.
Regresó a su casita y se sentó en el jardín que daba a la calle principal para que todo el mundo la mirara. Al cabo de un rato, pasó por allí un pato muy altanero.
– Hola, Florinda. Hoy estás más guapa que nunca ¿Quieres casarte conmigo?
– ¿Y por las noches qué harás?
– ¡Cuá, cuá, cuá! ¡Cuá, cuá, cuá!
– ¡Uy no, qué horror! – se espantó la ratita – Con esos graznidos yo no podría dormir.
Poco después, se acercó un sonrosado cerdo con cara de bonachón.
– ¡Pero bueno, Florinda! ¿Qué te has hecho hoy que estás tan guapa? Me encantaría que fueras mi esposa… ¿Quieres casarte conmigo?
– ¿Y por las noches qué harás?
– ¡Oink, oink, oink! ¡Oink, oink, oink!
– ¡Ay, lo siento mucho! ¡Con esos ruidos tan fuertes yo no podría dormir!
Todavía no había perdido de vista al cerdo cuando se acercó un pequeño ratón de campo que siempre había estado enamorado de ella.
– ¡Buenos días, ratita guapa! – le dijo – Todos los días estás bella pero hoy… ¡Hoy estás impresionante! Me preguntaba si querrías casarte conmigo.
La ratita ni siquiera le miró. Siempre había aspirado a tener un marido grande y fuerte y desde luego un minúsculo ratón no entraba dentro de sus planes.
– ¡Déjame en paz, anda, que estoy muy ocupada hoy! Además, yo me merezco a alguien más distinguido que tú.
El ratoncito, cabizbajo y con lágrimas en sus pupilas, se alejó por donde había venido.
Calentaba mucho el sol cuando por delante de su jardín, pasó un precioso gato blanco. Sabiendo que era irresistible para las damas, el gato se acercó contoneándose y abriendo bien sus enormes ojos azules.
– Hola, Florinda – dijo con una voz tan melosa que parecía un actor de cine – Hoy estás más deslumbrante que nunca y eres la envidia del pueblo. Sería un placer si quisieras ser mi esposa. Te trataría como a una reina.
La ratita se ruborizó. Era un gato de raza persa realmente guapo ¡Un auténtico galán de los que ya no quedaban!
– Sí, bueno… – dijo haciéndose la interesante – Pero… ¿Y por las noches qué harás?
– ¿Yo? – contestó el astuto gato – ¡Dormir y callar!
– ¡Pues contigo yo me he de casar! – gritó la ratita emocionada – ¡Anda, pasa, no te quedes ahí! Te invito a tomar un té y un buen pedazo de pastel.
Los dos entraron en la casa. Mientras la confiada damisela preparaba la merienda, el gato se abalanzó sobre ella y trató de comérsela. La ratita gritó tan fuerte que el pequeño ratón de campo que aún andaba por allí cerca, la oyó y regresó corriendo en su ayuda. Cogió una escoba de la cocina y echó a golpes al traicionero minino.
Florinda se dio cuenta de que había cometido un grave error: se había fijado en las apariencias y había confiado en quien no debía, despreciando al ratoncillo que realmente la quería y había puesto su vida en peligro para salvarla. Agradecida, le abrazó y decidió que él sería un marido maravilloso. Pocos días después, organizaron una bonita boda y fueron muy felices el resto de sus vidas.














